Según informes de la policía y la prensa, los lugares de Costa Rica en que se cultiva significativamente marihuana están muy cerca o pertenecen a reservas indígenas cubiertas de selva virgen, en la cordillera de Talamanca.

Parece que los siembras, las cosechas y el transporte hasta tierras bajas los realizan indígenas reclutados por grupos criminales organizados de carácter local, que les dan las semillas y les pagan en especie y en metálico.

Mientras el consumo de marihuana en Costa Rica crece, sin daños significativos a la salud de sus practicantes, la selva es maltratada, los indígenas son perseguidos y estigmatizados, las pequeñas mafias son engordadas y los recursos estatales son dilapidados acosando y humillando a muchachos consumidores, tratándolos como apestados a pesar de que nadie ha podido probar que perjudiquen a alguien.

La legalización del cultivo y el comercio de la marihuana en Costa Rica, y el control estatal sobre las siembras reducirían el duro impacto ecológico de estas, restarían medios de vida a grupos criminales, podrían apuntalar las raquíticas y minúsculas economías indígenas –desasistidas por el Estado– y restituirían el honor arrebatado a tantos jóvenes por fumar una droga bastante más inocua que la que copiosamente bebemos en las bares.

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