Aunque en el ámbito anglosajón parece haber un cierto consenso en hablar de reducción de daños (harm reduction), tanto en España como en Latinoamérica se han empleado un conjunto de términos que, aunque puedan tener un mismo sentido, pueden introducir una cierta confusión terminológica: reducción de daños y riesgos, minimización de riesgos, mitigación de daños, reducción de riesgos. Con todo, Reducción de Daños y Reducción de Riesgos y Daños son los términos más conocidos y utilizados.

La reducción de riesgos y daños es un marco lógico para pensar la problemática de drogas de una forma desprejuiciada y sin el sesgo que se desprende de lógicas prohibicionistas que han promovido modelos de abstinencia como única opción. Se trata de un enfoque pragmático y humanitario respetuoso con los principios de salud pública y de derechos humanos, que consideran a toda la población como personas de derecho y destinatarias de políticas de salud, indistintamente de si consumen o no drogas, y se muestran siempre contrarias a cualquier proceso discriminatorio y de estigmatización por su opción o condición de consumo de drogas, sean estas licitas o ilícitas.

Tanto Reducción de Riesgos como Reducción de Daños son dos conceptos próximos pero no idénticos, pues la reducción de riesgos se halla más próxima a la prevención en cuanto opera sobre la probabilidad de que acontezca un daño, mientras que la reducción de daños atañe más a la faceta asistencial en cuanto el daño está ya presente. Por otra parte, esta diferenciación permite reafirmar la constatación de que, en la gran mayoría de la población que realiza algún tipo de consumo, sus circunstancias de consumo se vinculan a situaciones de riesgo y no por ello están afectadas por algún daño. No obstante, aun entendiendo que los abordajes en materia de salud parten de un continuum preventivo y asistencial, hallaremos los dos conceptos asociados como “reducción de riesgos y daños”. Sirvan dos ejemplos para ilustrar el solapamiento de ambos conceptos. Por una parte, para reducir los accidentes de tráfico (daño), es importante operar sobre factores de riesgo como la conducción bajo efectos del alcohol pero es también importante que la población conductora utilice el cinturón de seguridad para reducir el impacto del daño por accidente en caso que de que este sucediera. Un segundo ejemplo lo encontramos en la población con problemática adictiva severa de heroína o cocaína a la que damos acceso a salas de consumo supervisado tanto para asistir de forma temprana a una sobredosis (reducción del daño), perotambién a un material higiénico que disminuya la probabilidad de infección (reducción del riesgo). La reducción de riegos y daños no es un modelo nuevo ni alternativo, sino que sería la aplicación extendida de conceptos ya existentes y válidos tanto en el campo de la Salud como en muchos otros ámbitos de gestión social de problemáticas varias, como son los accidentes de tráfico, la salud laboral o la respuesta ante catástrofes naturales, por poner algunos ejemplos. Su ausencia o incorporación tardía en términos conceptuales y de políticas en el ámbito de los consumos de drogas en muchos países se ha debido a un sesgo prohibicionista y abstencionista originario inscrito en la lógica de “guerra contra las drogas” alejado absolutamente de la razón y del sentido amplio de la salud pública. La reducción de daños, aun no existiendo una definición única consensuada, la podríamos definir como una estrategia dirigida a individuos o grupos que tiene como objetivo reducir los daños asociados con ciertos comportamientos. Cuando se aplica al consumo de sustancias, la reducción de daños acepta que un nivel continuo de consumo de drogas (lícito e ilícito) en la sociedad es inevitable, y define los objetivos focalizándolos en la reducción de las consecuencias adversas. Desde este enfoque existe una priorización en la minimización de los impactos tanto en la salud como en las consecuencias sociales y económicas. Las estrategias de reducción de daños, por tanto, no pretenden la eliminación del uso de drogas, sino favorecer por medio de estrategias planificadas y articuladas un uso de drogas que ocasione los mínimos daños posibles en la sociedad. La estrategia fundamental se apoya en la educación sanitaria, que se dirige a alcanzar la modificación de los conocimientos, actitudes y comportamientos de salud de las personas, grupos y comunidades incidiendo sobre los determinantes de salud individuales, comunitarios y sociopolíticos.

Existen diversos fundamentos de la estrategia de reducción de riesgos y daños, de los que podríamos destacar seis:

  1. El uso de drogas en nuestras sociedades actuales es una realidad ante la cual no se puede mirar hacia otro lado o continuar aspirando a su desaparición. Hay personas que usan drogas que no contactan ni contactarán con servicios especializados ya que no tendrán problemas asociados y otras que, a pesar de ciertos efectos negativos asociados al consumo, por distintas razones no están interesadas en abandonarlo. En este sentido, la reducción de riesgos y daños acepta la opción individual de búsqueda del propio bienestar, incluyendo el derecho individual al consumo de drogas, al mismo tiempo que reconoce la complejidad y dificultad de la modificación de los comportamientos humanos.
  2. Aún relacionando el consumo de drogas con el riesgo de que acontezcan ciertas consecuencias, al igual que ocurre en muchas otras circunstancias de la vida (hacer deporte, trabajar, enamorarse, etc.), estas no siempre son negativas sino que, desde el criterio de la persona consumidora, también las habrá placenteras y/o beneficiosas. De ahí que, tanto para la reducción de riesgos y daños como para cualquier intervención en el ámbito de la salud pública, sea importante no teñir dichas intervenciones de sesgos subjetivos y culturales insensibles y no respetuosos con la asignación de valores positivos o negativos que las personas realizan a sus conductas y experiencias particulares. La reducción de riesgos y daños rehúye imponer un estilo de vida sino que busca definir e implementar acciones que tiendan a preservar efectos de beneficio en las personas que usan drogas y proteger ante la aparición de daños particulares o colectivos asociados a ciertos consumos.
  3. El uso de drogas es un fenómeno complejo y multicausal, que incluye distintos tipos de relación con las sustancias como el experimental, el recreativo, el moderado o la dependencia severa. Además, el potencial de riesgo derivado del consumo de drogas depende tanto de las características de la persona y sus expectativas, como del tipo y dosis de droga consumida, el patrón de consumo y las circunstancias ambientales y sociales. Así pues, las intervenciones deben ajustarse a las personas o grupos y sus distintos perfiles, teniendo en cuenta esa complejidad.
  4. Los daños asociados al consumo de drogas son multidireccionales. Quien recibe el daño puede ser la propia persona, su contexto social más próximo (familia, amistades, vecindad, etc.), o la sociedad en general. Muchos de los daños relacionados con los consumos de drogas pueden ser evitados o atenuados sin que se imponga la necesidad de eliminar el consumo.
  5. El hecho de que los objetivos preventivos y asistenciales orientados a la abstinencia hayan sido muy exigentes, rígidos y no consensuados con las personas que usan drogas ha generado expectativas no realistas, frustración entre los y las profesionales y un enorme distanciamiento entre ambos. Es por ello que se impone la necesidad de promover objetivos preventivos y asistenciales que promuevan y promocionen las competencias y responsabilidades de las propias personas usuarias de drogas, implicándolos en el diseño de estrategias que respondan de manera efectiva a sus necesidades.
  6. Finalmente, es fundamental reconocer que no todos los riesgos son generados por las personas usuarias de drogas, sino que una parte de ellos están directamente vinculados a las políticas internacionales y nacionales, así como a las acciones de otras personas o colectivos. Con ello se hace referencia a las respuestas prohibicionistas y excluyentes que aíslan y castigan a las personas que usan drogas y las conducen a situaciones de mayor riesgo y daño, bien empujándolas a un mercado no regulado con compuestos adulterados de alto riesgo o dañándolas por la vía del estigma, castigo y exclusión o dificultad de acceso a la ayuda social o médica.