Por Antoniu Llort Suárez y Rafael Clua-García / Salud Colectiva

Para entender el estado actual de las políticas de drogas, debemos invocar el movimiento prohibicionista gestado en EEUU a principios del siglo XX que se apoyó en el rechazo a las minorías étnicas, su supuesta criminalidad asociada al consumo de sustancias psicoactivas, y un sustrato religioso protestante radical como explicación del fenómeno. En la actualidad, dichas políticas continúan fundamentándose en bases científicas biologicistas y legales represivas.

El enfoque biologicista pretende desahuciar las teorías sociales que explican el consumo de sustancias, centrándose en el análisis del contexto y su interacción con las diferencias individuales y variabilidad de las sustancias. El objetivo es descartar la posibilidad de modelos comprensivos alternativos, que contemplen la posibilidad de una gestión responsable del consumo de sustancias y que rechacen una guerra contra las drogas. La investigación en ciencias sociales ayuda a mostrar–mediante la profundización en diferentes contextos a lo largo de la historia– cómo el diseño de las políticas de drogas y los instrumentos de la política están determinados por los mismos valores políticos, en particular, por la noción específica de ciudadanía y el papel del Estado que existe en cada país.