Por Camilo Pardo Quintero / El Espectador

Desde Argelia, Balboa y Patía, principalmente, se han unido desde el fin de semana cientos de campesinos cocaleros al paro nacional. Buscan que el Gobierno frene sus intenciones de asperjar con glifosato sus cultivos, que se les deje de criminalizar y perseguir, y que encuentren salidas de diálogo para dirimir sus diferencias con los indígenas del Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC).

En el departamento del Cauca, según estimaciones de la Agencia de Renovación del Territorio (ART), hay más de 6.000 familias inscritas en el Programa Nacional Integral de Sustitución de cultivos Ilícitos (PNIS). Muchos de ellos llevan años reclamando que lo pactado en el Acuerdo de Paz, en clave de que ellos cuenten con proyectos de autosostenimiento y seguridad alimentaria, no se ha cumplido. Y a esto se suma que desde la firma del Acuerdo, en al menos 30 municipios de allí sus poblaciones han sido blanco de dinámicas de grupos armados, situación que ha hecho aún más vulnerable a personas en territorios como Corinto, Toribío, Argelia, el corregimiento de El Plateado, Santa Rosa, San Sebastián o Caldono. Su paciencia ya está al límite y se lo quieren decir al país.

La frustración de estas familias también radica en que sus esfuerzos a la hora de sustituir cultivos no son correspondidos, al menos en cifras, por los avances estatales en materia de una política contra las drogas que se acople al proceso de paz. Según cifras de la Oficina de las Naciones Unidas Contra la Droga y el Delito (UNODC, por sus siglas en inglés), el 98% del total de las familias inscritas al PNIS han cumplido con sus obligaciones de erradicación voluntaria y han mantenido una tasa de resiembra muy bajo acorde a los estándares internacionales (0.98%).

Y a cambio de esto, como algo desafortunado para estos campesinos, menos del 10% de ellos han contado con la asistencia estatal correspondiente, que fue prometida si se cumplían con los objetivos de erradicación voluntaria. Los cocaleros caucanos viven esto que es mucho más que una percepción, se sienten reflejados por estas cifras y por eso expresan su malestar en las calles.