“¿Por qué los gobiernos están tan entusiasmados por los eslóganes vacíos y tan dispuestos a gastarse montones de dinero promoviéndolos?” Esta idea cruzaba mi mente cuando me encontraba en un atasco de tráfico en una de las ciudades más congestionadas de América. Un adhesivo en un parachoques me llamó la atención mientras pensaba en dónde había estado y a dónde me dirigía. Decía en portugués, “Crack, É Possível Vencer” (Crack, es posible vencer) y estaba expuesto de forma prominente en la parte trasera de un vehículo policial de Río de Janeiro, cuando visité la ciudad en mayo de 2014. El eslogan puede sonar inspirador, pero es representativo del modo tan irreflexivo que algunos países han escogido para tratar el consumo ilegal de las drogas, especialmente el consumo de los pobres.

En Brasil, muchas personas están convencidas de que las “cracolândias” (y por extensión, las personas que viven ahí, aunque esto casi nunca se dice explícitamente) son algunos de los problemas más apremiantes del país. “Cracolândia”, traducido literalmente como “tierra del crack”, es un término peyorativo brasileño utilizado comúnmente para describir el lugar donde los adictos al crack se reúnen para consumir la droga. Y se cree que su uso del crack ha provocado una gran cantidad de  problemas,  incluyendo  unos índices de adicción,  crimen y desempleo sin  precedentes.1

Como neurocientífico con más de veinte años de experiencia en educación sobre drogas e investigación en drogas psicoactivas, encuentro esta descripción muy parecida a descripciones de Miami de 1986. Crecí materialmente pobre en un barrio de Miami exclusivamente negro en esa época y decidí estudiar neurociencia, concretamente porque quería solucionar el problema de la adicción a las drogas. Creía que la pobreza y el crimen al que se enfrentaba mi comunidad eran consecuencia directa del crack. Deduje por tanto que si podía curar la adicción a las drogas, podría acabar con la pobreza y el crimen en mi comunidad.

Se nos dijo, y me lo creí completamente, que el crack era tan adictivo que una persona sólo necesitaba probarlo una vez y quedaba enganchado; culpamos al crack del aparente caos y desempleo masivo que nos rodeaba; llamábamos a las mujeres que usaban crack “putas del crack” y las acusábamos de abandonar a sus hijos en busca de la droga, aunque habían pocas pruebas que demostrasen que eso era cierto; apoyábamos eslóganes que proclamaban una “guerra contra las drogas” y nuestro deseo por una “América libre de drogas.”

Entonces, el Congreso de los Estados Unidos aprobó, y el Presidente Reagan firmó las ahora infames Leyes Contra el Abuso de Drogas de 1986 y 1988. Estas leyes establecían penas que eran 100 veces más duras para los delitos relacionados con el crack que con la cocaína en polvo. Concretamente, establecían una pena mínima de 5 años de prisión para las personas detenidas con incluso pequeñas cantidades de crack, pero no así con cocaína en polvo. Esta legislación también aumentó drásticamente la contratación de agentes de policía y reforzó su función de ocuparse de asuntos relacionados con las drogas. Como consecuencia, complejos problemas económicos y sociales fueron reducidos a problemas de justicia penal; se llegó incluso a destinar más recursos a la implementación de la ley que a las verdaderas necesidades de los barrios, como la mejora de las escuelas y la creación de empleos.

Lo peor es que el crack fue sumido en una narrativa de raza y patología. Mientras la cocaína en polvo llegó a ser considerada un símbolo de lujo y era asociada a los blancos, el crack fue presentado como algo que producía efectos excepcionalmente adictivos, impredecibles y letales y, más importante incluso, era asociado a los negros. Por supuesto, en los años 80 tales referencias a la raza en ese contexto ya no eran aceptables. Así que los problemas relacionados al crack eran descritos como prevalentes entre los “pobres”, en los barrios “problemáticos”, las “zonas urbanas deprimidas” y los “guetos”, términos que eran códigos para referirse a los “negros” y otras personas consideradas indeseables.

El discurso racial sobre el crack se reflejó en la aplicación de las Leyes Contra el Abuso de las Drogas. Un asombroso 85 por ciento de los condenados por delitos relacionados con el crack eran negros, incluso cuando la mayoría de personas que lo consumían eran, y son, blancos. Este tipo de imputación selectiva y discriminatoria contribuye a la terrorífica estadística que pronostica que uno de cada tres niños negros nacidos en los EE.UU. pasará algún tiempo en prisión. En comparación, sólo uno de cada 20 niños blancos se enfrenta a ese terrible pronóstico.

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