Por E. Raúl Zaffaroni, la Tecl@ EÑE

E. Raúl Zaffaroni profundiza en esta crónica, dirigida esencialmente a los jóvenes, sobre qué es lo que subyace en torno al hecho de poder o no fumar un porro, que es nada menos que la discusión por el sentido del derecho argentino, o sea, del “¿para qué?” mismo de nuestro derecho.

Es una pena, pero no puedo fumar marihuana, no porque me lo prohíba la ley ni mucho menos la Constitución, sino porque tengo una tendencia a la hipotensión arterial. Tal vez si pudiese me reiría con más ganas, porque así, apenas puedo sonreír. Quizá con un porro perdería el dejo de amargura que me impide la risa plena, lo que me pasa siempre que verifico la idiotez de algunos humanos y la facilidad con que un aparato publicitario puede llevar a una sociedad a la más disparatada de las paranoias.

Por eso, sin porro no puedo reír con ganas, plenamente, cuando asisto ahora al final de la estupidez de ciertos semejantes, cuya necedad ha costado dolor a muchos otros, torpemente inferido y con total gratuidad.

Ahora, al fin la madurez de nuestra sociedad abre el debate sobre el uso medicinal y “recreativo”, como le dicen, con esa palabra que me recuerda el timbre del final de clase. Y aunque nunca jugué a la quiniela, siempre algunos números me dan vuelta en la cabeza, en especial dos: 20.771 y 20.280.

Son historias que debo contar a los pibes, porque la mayoría de los veteranos se las ocultarán, dado que a nadie le gusta recordar que le hicieron hacer el papel de imbécil. Por eso, si ahora lo escribo es porque quiero contárselas a los pibes de hoy, a quienes otros no se las contarán.

Seguramente no les relatarán que hace cuarenta años o un poco más, en tiempos del “brujo” y luego de la dictadura de seguridad nacional, el porro estaba unido al terrorismo, decían que la marihuana la traían los comunistas, aunque todos sabemos que la plantita no se desarrolla bajo la nieve moscovita, pese a que aquí nunca faltan lobos que “aúllan de hambre” y no son los de Agustín Magaldi, sino los sádicos para los que la alegría de los pobres es un pecado, porque les está prohibido ser felices, ni siquiera sexualmente, por eso se escandalizan de lo que dice festivamente una candidata.

Lo que sucede es que a los “odiadores” de siempre el odio les impide ser felices, porque nadie puede serlo del todo mientras hace sufrir a otros, salvo los psicópatas sádicos, pero como ellos no lo son, sino que sólo se limitan a “psicopatear” (ni siquiera en eso son del todo auténticos), lo que hacen es proyectar su frustración: si yo no consigo ser del todo feliz, que nadie lo sea y menos los que son objeto del odio que me lo impide.

Sí, pibes y pibas de hoy. Tienen que saberlo: hubo tiempos en que por fumar un porro eras un “terrorista”. Estereotipos de otro momento, sí, pero que vinculaban la ley “antidroga” contra la marihuana “moscovita” y el “terrorismo subversivo”. ¿Y quiénes sostenían esa idiotez cósmica? Los jueces entre muchos. No todos, reivindico la querida memoria de Julio Maier, a quien un día le volaron la casa con un bombazo, y a unos muy contados colegas más. Otros me decían por lo bajo: “Raúl, no te metas con eso, que es peligroso, guarda que la mano viene fuerte”.