Por Javier Martín-Arroyo / El País

“Las tres primeras semanas del confinamiento sin consumir lo pasé muy mal con 60 kilos que pesaba. Lo hablé con mi pareja y aprovechamos el momento a ver si podíamos salir de la droga, y estuvimos 55 días sin consumir hasta que llegó la recaída. Ahora solo estamos con metadona y consumimos muy poco”.

Óscar, de 41 años, sonrisa agria tras la mascarilla, bolsa de medicinas colgada del bíceps, inhala rebujo (mezcla de cocaína y heroína) y maldice la pobreza disparada en el Polígono Sur de Sevilla.

“Ahora hay muchísima más gente buscando chatarra. La calle es dura y el rechazo de las personas por miedo al coronavirus es lo peor, mi pareja pide y ahora no saca ni la mitad que antes”, cuenta.

La pandemia ha puesto del revés la sórdida rutina de miles de drogadictos. Personas que viven en la calle o de la calle gracias a la chatarra, la mendicidad, la prostitución, o el tráfico de drogas se vieron atrapadas por el súbito encierro decretado el pasado 14 de marzo.