Por Verónica Palomo

Si los médicos tuvieran que examinarse acerca del significado de LSD y MDMA, responderían mayoritariamente que son las siglas de una droga derivada del ácido lisérgico y de otra que se deriva de la anfetamina, respectivamente. Si la siguiente pregunta fuera sobre la psilocibina, algunos, probablemente menos, apuntarían que se trata de un compuesto presente en algunos hongos alucinógenos. Serían respuestas serían correctas, estas sustancias son drogas que actúan sobre el sistema nervioso central y modifican los estados de conciencia, así como la conducta de quienes las usan. Es probable que los facultativos, en honor a su profesión, lanzasen serias advertencias, como que pueden provocar peligrosos episodios de psicosis, convulsiones, complicaciones cardiacas e incluso la muerte. Pero quizá -y aquí viene lo interesante- alguno daría una respuesta muy diferente, y dijese que se trata de drogas que sirven para tratar la depresión, la anorexia nerviosa, la drogodependencia, el trastorno de ansiedad social y el estrés postraumático. Según los prometedores resultados que algunos investigadores están obteniendo, también sería una respuesta válida.

Para los neófitos en la materia, lo primero que viene a la mente tras escuchar la palabra psicotrópico es la de un festival californiano de finales de los años sesenta, repleto de jipis embriagados de misticismo lisérgico que claman por el amor libre y la vuelta a casa de los soldados desplegados en Vietnam. Pero mucho antes del flower power, mucho antes de que estas sustancias alucinógenas se escaparan del laboratorio y cayeran en manos de todos aquellos jóvenes contraculturales, el LSD se exportaba desde Suiza (donde fue descubierto en 1938) a los laboratorios estadounidenses, sin que ello constituyera el más mínimo problema. Lo mismo ocurría con la psilocibina y otras drogas psicodélicas, con las que se experimentaba en la Universidad de Harvard sin que el peso de la ley cayera sobre los científicos. Estados Unidos solo comenzó a penalizar el uso de estas sustancias y a perseguir cualquier tipo de investigación científica en la que intervinieran cuando el abuso se extendió entre la población. Las investigaciones quedaron en suspenso, aunque nunca cesaron del todo. Ahora, la Universidad Johns Hopkins y el Imperial College de Londres acaban de inaugurar dos institutos de investigación de psicotrópicos que confirman que hay materia de estudio.