Pedro Arenas

Distintas protestas culminan en acuerdos que luego deben reclamarse otra vez protestando. Los campesinos e indígenas se vieron obligados a especializarse en realizar jornadas que obligan a representantes del Estado a sentarse con ellos y a firmar acuerdos con los que se desbloquean vías, se levantan paros y se suspenden protestas. Por ejemplo los indígenas del Cauca cada tanto bloquean la Panamericana para recordarle al Estado y a la desmemoriada sociedad urbana que otro pacto anterior no se ha cumplido todavía.

Al final de los años 80 diversas regiones fueron escenario de movimientos cívicos que realizaron paros y marchas. Para 1986, el poblado de San José del Guaviare fue testigo de la llegada de miles de colonos campesinos que en éxodo vinieron de la cuenca media del río Guayabero. Manifestaban que habían llegado a esa región como consecuencia de la concentración de la tierra en el centro del país, que desposeídos por la violencia habían sido empujados hasta los confines de la frontera agrícola convirtiéndose en colonos al interior de las selvas de la Macarena, el Meta, Guaviare y Caquetá.

En 1994, los colonos de Miraflores y del río Inírida fueron los primeros en reaccionar ante el plan de fumigaciones que autorizó el presidente Samper. Él había dicho que en menos de seis meses se acabaría con todos los cultivos de coca. Aviones Turbo Thrush y OV-10 asperjaban con glifosato y otros aditivos, no solo sobre coca, sino además el pancoger campesino, lo que desató un fuerte rechazo de la población. Los pilotos nunca pudieron cumplir recomendaciones de manejo ambiental, tales como fumigar a menos de diez metros de altura, considerar el efecto derivado por los vientos o las condiciones de la selva tropical, a lo que se sumaron riesgos por el conflicto armado.

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