“La prohibición del cannabis, en Estados Unidos, fue antes que la del opio y está rodeada de una fuerte simbología social. Estuvo a cargo de los puritanos y apuntaban a estigmatizar a los inmigrantes y braseros mexicanos que fumaban. Era su formas de mostrar su supuesta superioridad cultural”, explicó el magistrad durante las dos jornadas del flamante Centro de Estudios de la Cultura Cannabica (Cecca) y la UNQ, donde se analizó el prohibicionismo y los intereses que lo sostienen; así como las incipientes políticas soberanas y democráticas en torno a la marihuana y la hoja de coca, en distintos países de la región y en España.

En Estados Unidos, principal sostén del prohibicionismo en los foros mundiales, ya se había probado sin éxito criminalizar el uso del alcohol, agregó el magistrado, “para perseguir a polacos, alemanes, irlandeses, protestantes y luteranos, todos con cultura de fonda”. Y lo que dejó la ley seca, dijo Zaffaroni, fue un tendal de muertos y personas que se quedaron ciegas por beber alcohol metílico, productos de la fabricación clandestina. Con la cocaína, aclaró luego, ocurren cuestiones similares por su impureza y peor aún con el paco, “el tóxico de la miseria”, como lo definió el magistrado. Sin embargo hay algo más dañino para salud que las drogas mal cortadas. Basta imaginar el cálculo que propuso Zaffaroni: “¿Cuántos años se hubieran necesitado para que se mueran por sobredosis de cocaína las 50 mil personas que murieron en las guerras a las drogas que en los últimos seis años en México?”.

El magistrado aseguró que existe un “proteccionismo insólito del poder punitivo”, que se asocia con los que se benefician de la plusvalía de la venta de drogas y les aleja la competencia.

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