Por Nathália Oliveira e Eduardo Ribeiro

La distribución de la muerte como ejercicio organizado del poder del Estado, las topografías militarizadas donde generaciones enteras pasaron a ser socializadas por la experiencia del entierro precoz de sus semejantes, el vocabulario de homicidio y de matanza en la formación de la experiencia negra desde la infancia en territorios de guerra y la necropolítica que impulsa un conjunto de categorías y emprendimientos racializados y racializantes definen la agenda política, recorren las narrativas televisivas, distribuyen el miedo para comercializar la paz social y caben en el amplio abanico de acciones legitimadas por la idea de la guerra, incluso contra otras poblaciones, bajo otro espectro de la guerra, los llamados efectos colaterales. Y el carácter selectivo de la política de drogas prohibicionista es un ejemplo de instrumento del mantenimiento de un conjunto de injusticias que son fruto de un perverso régimen realizado por medio de una economía de violencias que todavía hoy produce efectos.