Por Vannesa Morris Silva / Échele Cabeza

Está claro que los medios de comunicación no sólo informan o dan a conocer la realidad con el filtro de su ideología, religión, práctica política o intereses económicos, sino que también lo hacen para orientar la opinión de los sectores de la sociedad en función de sus intereses. Para nadie es un secreto que la objetividad periodística en el siglo XXI está lejos de existir y que conocer los intereses de quienes emiten la información es el mínimo de responsabilidad que se requiere para conocer la intencionalidad con la que proviene.

Los medios de comunicación han sido de los mayores afectados con la llegada del Internet y luego de las redes sociales. El concepto clásico unidimensional de emisor—receptor claudicó, ahora existe un canal de doble vía mediante el cual toda persona emite y toda persona recibe, donde usuarios y usuarias de la información no sólo la comentan sino que la contextualizan y la validan. Estamos en un escenario donde mentir es cada vez más difícil y donde la “chiva”, o la primicia ha dejado de pertenecer exclusivamente a los medios, para ser generada por las redes sociales, el twitter, el mismo actor de la noticia donde es posible diálogo directo sin mediaciones entre ciudadanía y la institucionalidad, el poder, la farándula, la ciencia, la delincuencia, la empresa privada, el sistema financiero.

El tema de las drogas no podía ser ajeno a este cambio, cuyo paradigma de “guerra contra las drogas” unido al enfoque de prevención y superación del consumo, se ha reducido al prohibicionismo, la penalización, la enfermedad o la abstinencia. Aunque el modelo ha disminuido cada vez más su margen de acción cuando aventajan otros puntos de vista desde la salud pública, el libre desarrollo de la personalidad, la reducción de riesgos y daños, los derechos humanos, el consumo responsable o moderado, los usos terapéuticos, los derechos de las personas usuarias, y el trabajo de algunos medios de comunicación que intentan avanzar guiados por el cambio de paradigma, aún subsisten el desconocimiento y los intereses propios de una industria de los medios masivos que no les permite insistir con la urgencia que demanda la sociedad.