Por Guillermina Ferraris

La óptica transfeminista en el mundo de las drogas nos invita a repensar qué lugar están teniendo las identidades feminizadas en la lucha contra el prohibicionismo. ¿Qué pasará si el diseño de políticas de drogas y las estrategias de reducción de riesgos siguen siendo pensadas únicamente para identidades masculinizadas? En esta nota analizamos cómo el patriarcado modifica las experiencias de les usuaries de drogas, según el género. También acercamos alguna consideraciones a tener en cuenta a la hora de abordar de manera particular a les usuaries feminizades.

Quizás resulte muy familiar la idea de que las mujeres, futuras madres y cuidadoras del hogar, no pueden ni deben hacer uso de drogas (sobretodo ilegales). En todo caso, si deciden hacerlo, tendrán que hacerlo de manera encubierta, a escondidas, intentando que se note lo menos posible.

Puede que tengamos por demás naturalizada la práctica del autocuidado o el cuidado colectivo en espacios de ocio y nocturnidad, porque en caso de que las identidades feminizadas o disidentes decidamos tener una experiencia psicoactiva interesante, tendremos que “estar atentas” a que nadie se sobrepase o aproveche de nuestro estado de conciencia alterado. 

Por otra parte, cada vez sorprende menos el aumento desmedido de mujeres encarceladas por delitos relacionados al narcomenudeo. Pero ninguno de estos escenarios de violencia estructural y desigualdad histórica se da de manera natural o ingenua.