La política global de drogas que nace de la Convención Única sobre Estupefacientes de 1961 ha estado plagada del nocivo ‘Consenso de Viena’: la inercia del aparato burocrático que gobierna la aplicación de las leyes de drogas para el mundo desde esta ciudad, y que se resiste a reconocer la urgente necesidad de reemplazar la prohibición de las sustancias hacia políticas más inteligentes y eficientes. Pero este consenso, enhorabuena, está mostrando señales de ruptura

Los 52 países que hacen parte de la Comisión de Estupefacientes (CND), órgano de gobierno de los tratados de drogas, y cientos de miembros de la sociedad civil, se congregaron una vez más en Viena para el Segmento Ministerial entre el 14 y 15 de marzo. En 2019 se cumplen los 10 años del plan de acción que se planteaba como objetivo un “mundo libre de drogas”. Entre ese entonces y el presente, el mundo fracasó de manera espectacular, como lo mostró el informe sombra presentado por el Consorcio Internacional de Políticas de Drogas, pero además infringió daños muy dolorosos en los intentos por lograr un objetivo irrealista.

No ayuda a estas negociaciones estar siempre congregados en Viena. A diferencia de otros espacios multilaterales de negociación en Naciones Unidas, como el cambio climático o el comercio de especies amenazadas, cuya Conferencia de las Partes cambia cada edición de sede, e incluye a todos los Estados que han firmado el Tratado, el régimen de control de sustancias se negocia cada año, en la misma ciudad, solo con los países de la CND. Este factor, en sí mismo, hace que la participación de muchos países sea limitada, no solo por la imposibilidad de estar en Viena, sino por la desarticulación con espacios que son clásicos a otros debates de derechos humanos y desarrollo sostenible, como son Ginebra y Nueva York.