Helen Cook - La Vanguardia

Manila, 26 jul (EFE).- Viernes noche en una avenida de Manila. Los viandantes observan, enmudecidos, cómo Jennelyn Olaires llora desconsolada mientras abraza el cuerpo sin vida de su pareja, víctima de la despiadada guerra contra las drogas en Filipinas.

A sus pies, un pedazo de cartón con un mensaje que rebela el motivo por el que Michael Siaron, de 30 años, acaba de ser acribillado a balazos por hombres armados sin identificar a bordo de una motocicleta: "Soy traficante, no sigas mi ejemplo".

"Michael consumía drogas desde hace un año, pero no era ningún traficante. Era simplemente un conductor de una bicitaxi", acierta a explicar Jennelyn entre sollozos, con manchas de sangre de su pareja aun en el rostro.

El joven filipino es sólo uno de los cientos de ciudadanos de origen humilde que han muerto como resultado de la radical campaña contra las drogas y el crimen iniciada por el nuevo presidente del país, Rodrigo Duterte, que se está cebando con los más desfavorecidos.

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Thumbnail: Flickr CC Wayne S. Grazio