Por Francisco Thoumi

El debate entre críticos y defensores del prohibicionismo no se basa en verdades demostradas –ni demostrables- sino más bien en posiciones morales o políticas que cada quien ha adoptado a lo largo de su vida. Por eso estamos en un diálogo de sordos.

La psicología moderna y la economía del comportamiento han sentado las bases para explicar el proceso a través del cual las personas adoptan una determinada posición sobre las drogas psicoactivas.

Para entender los comportamientos hay que aclarar la relación entre los intereses y los sentimientos. Tanto la economía ortodoxa como la marxista suponen que los intereses económicos explican los mercados ilegales. Pero aunque esta sea una variable importante,   no es la única que influye sobre nuestras decisiones.

Como he argumentado en otras ocasiones, en asuntos como sexualidad, religión, políticas (especialmente de drogas), nacionalidad y patriotismo, religión, etnia o raza, muchas personas acaban siendo “mentes rectas” o individuos que no se permiten dudar sobre sus posiciones.

Ellos tienen la verdad y cuando debaten no consideran la posibilidad de cambiar de posición. Discuten solamente para demostrarles a sus contradictores, en el mejor de los casos, lo errados que están, y, en el peor, lo deshonestos que son al no querer ver la verdad.

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