La realidad que se vive día a día en El Salvador es para los incautos de los países industrializados una mera fantasía salida de una mente retorcida, como si el pasado reciente de esos países fuese menos brutal. Sea como sea, la realidad supera hasta la más “tarantinesca” y escabrosa ficción. 

En el rocambolesco escenario actual, la anomia política es potenciada desmesuradamente por el humo y espejos desplegados por los grupos hegemónicos que ya conocemos.

Sólo basta mencionar unos cuantos personajes tristemente célebres de la escena política: desde el “excelentísimo” señor vicepresidente de la República, Óscar Ortiz, como “socio comercial” de José Salazar Umaña (“Chepe Diablo”); pasando por el flamante viceministro, José Luis Merino, investigado por sus vínculos con el crimen organizado y Organizaciones de Tráfico de Drogas (OTD); hasta las fascistas propuestas del Presidente del Órgano Legislativo, Guillermo Gallegos, quien ha beneficiado con fondos públicos “indirectamente” a su cónyuge.

Sin duda, un cocktail explosivo que lamentablemente no ha producido el malestar necesario para que el pueblo ejerza su empoderamiento en las calles.

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