En 2005, siendo Representante a la Cámara, presenté al Congreso un Proyecto de Ley que buscaba admitir la siembra, tenencia, uso y comercialización de la hoja de coca para “fines benéficos”, dentro de los cuales se encontraba la producción de alimentos, su uso como materia prima para medicinas y el aprovechamiento de ella en procesamientos industriales, entre otros.

El proyecto había sido de iniciativa de las comunidades indígenas del Cauca con el apoyo de algunos centros académicos y de centros de estudio como Indepaz. La idea era sencilla: Si la coca es una planta que ha estado presente en la historia de los Andes durante siglos, brindemos la oportunidad de que llegue a toda la sociedad desde otra  perspectiva de usos.

El prohibicionismo de la guerra que se libraba por cuenta del Estado en aquel entonces llevó a que el Consejo de Política Criminal le pidiera a la Cámara no tramitar la norma. Sin embargo, hicimos debates y foros que incluyeron la exposición de productos derivados de la hoja en el Salón Elíptico y en distintos espacios de poder. La hoja de coca se consume en Colombia de manera ancestral en varias regiones y entre varios pueblos, sin embargo, el conocimiento sobre sus potencialidades es escaso.

Recientemente, ha sido la marihuana la planta que se ha situado en la escena debido a la Ley que promovió el Senador Juan Manuel Galán a favor de los usos medicinales de ella. Por su parte, la industria cannábica se viene desarrollando en el mundo y Colombia no es la excepción. De hecho, la reglamentación, que está elaborando el Ministerio de salud es pionera en el continente. Alrededor de la marihuana hay investigación, emprendimiento, mercados, médicos, artesanos, terapeutas, expertos en su agricultura, laboratorios, y está claro que sus usos científicos no riñen con las convenciones de drogas.

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