Cuando se piensa en la cocaína, sin saber porque, aparece siempre una cierta imagen de glamur y distinción o al menos eso es lo que creen lo poco iniciados en la materia o los que nunca la han probado demasiado. Yo me encuentro a caballo entre estos dos grupos y creo no haber esnifado más de quince veces en mi vida. Al principio era como en las pelis, en los lavabos de las discotecas o en fiestas con amigos. Sin embargo cuando empezaron a llegar los descampados oscuros apartados de cualquier vínculo con la civilización empecé a preocuparme un poco. No tanto por mí, sino con la gente con la que me metía.

Ese miedo casi irracional a ser descubierto y sentirse acosado no iba demasiado conmigo y empecé a  pasar un poco del tema mientras  que las historias de los bajones del día siguiente que oía eran cada vez peores. Así que lo dejé después de que alguien tuviera un accidente de tráfico cuando totalmente colocado pisó demasiado el acelerador y perdió el control del coche en una curva de un túnel. El accidente no tuvo mayores consecuencias para nadie pero pudo haber sido bastante grave y la muy inconsciente de la conductora no tuvo mayor preocupación que la de seguir de copas toda la noche pensando en la escusa que podría ponerle a su padre los daños causados al coche.

Dicha actitud podría interpretarse de muchas maneras, desde estar en un continuo shock y no querer ver las consecuencias de un hecho lamentable, alimentando la ansiedad con más alcohol y “coquita” para evadirse hasta una irresponsabilidad total penalmente tipificada. Como no me siento juez de nadie prefiero dejar las versiones de los hechos para que cada uno las valore como quiera.

Muchos años más tarde  y después de grandes cambios en mi vida volví por casualidad a ver a la conductora y decidimos tomarnos algo mientras esperaba a su novio. Fuimos a cenar y después, como no, surgió el tema de las rayas y propusieron ir a pillar. Lo que paso más tarde fue un sin sentido y una tragedia con tintes de virilidad herida y muñecas rotas ahogadas en tragedias.

Mis acompañantes no paraban de hablar de un gran narcotraficante que conocían que pasaban la mejor coca en  toda la región y de sus grandes fiestas a las que esperaban algún día ser invitados para, supuse yo, creerse amigos de un verdadero Tony Montana o incluso una versión más asequible del difunto Pablo Escobar. Sin pensarlo mucho y de cierta forma atraído por algo que sabía no podía ser verdad decidí decir que si y ver con mis propios ojos la realidad de la fantasía y el delirio de dos personas que parecían estar realmente viviendo en una serie de televisión cutre. 

Cuando dejamos el restaurante noté algo raro en la dirección hacia la que nos estábamos dirigiendo pues nos estábamos alejando de las mejores zonas de la ciudad camino de  una de las más pobres.  Extraño lugar para tener una mansión pensé. ¿Es aquí?  Pregunté algo extrañado. “No”, dijo ella, “aquí solo venimos a ver si hoy por fin nos van a invitar a una fiesta”. 

No sentí escalofríos cuando empecé a oír los gritos de lo que parecía una pelea, al fin y al cabo, que podía esperar de la hora y el lugar. Mi amiga sin embargo se sobrecogió acurrucándose en el asiento delantero. ¡Tranquila! le dije, no te olvides que eres abogada y tienes el don de la palabra para calmar los ánimos. Al poco rato su novio volvió, abrió el maletero y sacó un bate de beisbol. 

Las cosas para mi cambiaron un poco, dos personas se estaban peleando en la calle y uno parecía tener una navaja. Cuando vieron el bate parecieron calmarse y mi amiga, sin palabras no supo que decir. 

Ya veo con quien te rodeas, chica. Espero que valga la pena, apostillé para de alguna forma hacerla ver que aquello estaba muy lejos de ser Corrupción en Miami (Miami Vice) y que alguien podía resultar herido. La razón de la pelea era lo de menos y el del bate volvió a meterse tan excitado en el coche que tan solo podía decir “los dos se merecían hincharlos a hostias”.

Lo peor de todo es que yo seguía allí sin saber que hacer viendo como la que había sido una gran amiga mitad sufría por verse envuelta en aquella reyerta y mitad deseaba a toda costa seguir envuelta en ese mundo fantasioso del delirio de grandeza de la cocaína sin darse cuenta que su realidad comenzaba en una barriada alejada de la mano de dios cuando ella era toda una niña bien y de la alta alcurnia de su ciudad.   

“No pude pillar nada aquí”, dijo su novio, mejor intentarlo en la casa del capo. Con suerte esta vez sí que nos invitará. Condujo durante más de una hora en medio de la nada y de su boca solo salía la idea de encontrar la mansión, mientras yo no dejaba de pensar que el pobre hombre estaba realmente loco. Al final llegamos a un sitio bien entrada  la noche y dijo es aquí. La famosa mansión no era en realidad más que una casa con un gran muro, sin lujos, sin excesos, sin nada que la hiciese destacar porque a todos los efectos era normal más bien tirando a pequeña.

Cuando mi amiga y yo nos quedamos solo mientras su novio iba a pillar, no pude por más que quise evitarlo el preguntarle si aquello le parecía normal: Acabar a las dos y media de la mañana en un lugar que ni los búhos visitarían esperando una fiesta con la alta sociedad de una pequeña ciudad era totalmente inaudito, imposible y además ridículo. Le pedí que abriese los ojos, que se diera cuenta de sus mejores tiempos y que valorase un poco más su vida.  También le recordé que lo había tenido todo y que verse envuelta en esa locura no le devolvería su juventud.

Mis palabras parecieron tener efecto y comenzó a llorar. Cuando su novio volvió con un gramo de mierda, la expresión le cambió y solo pude decir haz lo que quieras. Me pregunto si quería algo para las encías como en los viejos tiempos y le dije que ya no creía en ellos. Cuando el novio oyó esto después de la esnifada gritó que el mandaba en todo y que tenía el control absoluto. Le pregunté si estaba seguro de lo que decía y desde el asiento del conductor alzo sus manos para intentar pegarme. Ella le dijo que me dejase tranquilo y sin más arrancó el coche poseído, conduciendo a toda velocidad por las mismas carreteras estrechas por las que habíamos ido a la mansión que ahora más que nunca ya me parecía el castillo maldito donde vivía un ogro perverso y por cuya maldad merecía estar aislado recibiendo solo a seres tan viles como él.

El coche volvió a derrapar en muchas curvas como muchos años atrás había derrapado el de ella. Aquella noche todo salió bien para mi, de ella no se que fue y de él simplemente espero que se haya convertido en el esbirro más fiel del amo del señor los confines de la nada.