Las políticas de drogas deberían centrarse en reducir las consecuencias nocivas de las drogas y no en las dimensiones del consumo y los mercados de estas sustancias

En el último siglo, los países han centrado gran parte de sus iniciativas de control de drogas en reducir las dimensiones de los mercados de drogas, fundamentalmente a través de medios punitivos, con el convencimiento de que así se rebajarían los daños relacionados con estas sustancias. Estas iniciativas han resultado, en gran medida, en un fracaso y, muchas veces, han desembocado incluso en daños adicionales. Por ejemplo, las leyes que criminalizan el consumo de drogas y la posesión de ‘accesorios’ de inyección animan a la policía a acosar a los consumidores de drogas en los centros de intercambio de agujas, lo cual los aleja de los servicios de prevención de enfermedades como el VIH y la hepatitis.

Las pruebas demuestran que las políticas y los programas que persiguen explícitamente reducir en daños concretos son más eficaces que las que intentan alcanzar una “sociedad sin drogas”. El término "reducción de daños" suele utilizarse para aludir a medidas de fomento de la salud (como programas de intercambio de agujas, prevención de drogas, tratamiento y otros programas de ayuda social), pero también abarca medidas que buscan reducir un amplio abanico de daños relacionados con las drogas para las personas, la comunidad y la población en general. La reducción de daños, por tanto, es un enfoque pragmático que parte del reconocimiento de que la reducción general de las dimensiones de los mercados de drogas no es el único objetivo –ni el más importante– de la política de drogas. Los gobiernos deberían empezar por evaluar los daños relacionados con las drogas que tienen el impacto más negativo sobre sus ciudadanos para diseñar y poner en práctica políticas eficaces.