Por Seth Freed Wessler

En las noches, cuando caía la lluvia de noviembre y no había dormido en absoluto, Jhonny Arcentales tenía visiones de sí mismo muerto y de que su cuerpo era arrojado al oscuro mar. Se imaginaba a su esposa y a su hijo adolescente lanzando su ropa en una fosa en un cementerio y una reunión en la iglesia local para su funeral. Habían pasado más de dos meses desde que Arcentales, un pescador de 40 años de la costa central de Ecuador, había salido de su casa y le había dicho a su esposa que regresaría en cinco días. El grillete que lo sujetaba por el tobillo lo mantenía encadenado a un cable a lo largo de la cubierta del barco en todo momento, excepto cuando hacía la travesía ocasional, vigilado por un marino, para defecar en una cubeta. La mayor parte del tiempo, no podía moverse más allá de un brazo de distancia sin chocar con el siguiente hombre encadenado. “El mar antes significaba libertad”, me dijo el ecuatoriano. A bordo de ese barco, sin embargo, “era lo opuesto. Era como una prisión a mar abierto”.

Durante el día, Arcentales se paraba contra la pared y miraba hacia el agua; su mente quedaba en blanco por un momento y al siguiente se llenaba de pensamientos sobre su esposa y su hijo recién nacido. No había hablado con su familia, aunque todos los días solicitaba llamar a casa. Cada vez sentía más pánico y temía que su esposa pensara que estaba muerto.

Arcentales tenía hombros anchos y musculosos tras veinticinco años de jalar redes de pescar del mar. Sin embargo, a bordo del barco podía sentir cómo su cuerpo se encogía por una nutrición deficiente —apenas un puñado de arroz y frijoles— y por la inmovilidad. “En cuantos nos parábamos nos daban náuseas; la cabeza nos daba vueltas”, recuerda. Los veintitantos prisioneros a bordo del navío —ecuatorianos, guatemaltecos y colombianos— a menudo pasaban la noche de pie, con dolor de espalda, su cuerpo helado por el viento y la lluvia, esperando que saliera el sol y los secara.

Durante las primeras semanas, Arcentales había recurrido a su amigo Carlos Quijije, otro pescador del pequeño pueblo de Jaramijó, para que lo calmara. Estaban encadenados uno al lado del otro y el joven de 26 años tenía otro enfoque. “Tranquilo, hermano, todo va a salir bien”, recuerda Arcentales que le decía Quijije. “Nos llevarán a Ecuador y podremos ver a nuestra familia”. Pero después de dos meses de estar prisioneros a bordo del barco, Quijije parecía igual de abatido. Con frecuencia pensaban que simplemente desaparecerían.

Mientras, ese mismo noviembre de 2014 en la casa cuadrada de ladrillos donde vivía Arcentales en Ecuador, su esposa, Lorena Mendoza, y sus hijos rezaban juntos en espera de su regreso. En Jaramijó llega a suceder que desaparecen los pescadores; a veces quedan varados por un motor que ya no funciona, son baleados por piratas o naufragan en medio de una tormenta. “Siempre me preocupaba que no volviéramos a verlo”, me dijo Mendoza. “Pero regresaba a casa”. Esta vez ella estaba segura de que recibiría una llamada para ir a recoger el cuerpo ahogado de los muelles.

Mendoza no tenía manera de saber que su esposo seguía vivo. Había salido de Jaramijó porque su familia necesitaba dinero tan desesperadamente que había aceptado un trabajo para contrabandear cocaína. Mar adentro en el Pacífico, Arcentales y los otros pescadores con los que iba fueron detenidos, pero no por piratas ni justicieros, sino por la Guardia Costera de Estados Unidos, desplegada a más de 3200 kilómetros de las costas estadounidenses para rastrear cocaína proveniente de los Andes.

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Thumbnail: Flickr CC Coast Guard News